Un 26 de Septiembre
Una medianoche de un sábado del recién estrenado otoño del 2010 me descubrieron algo.
Eran seis. Todos jóvenes, unos apenas pasaban los diecisiete años; otros, no llegaban a los treinta. A los más pequeños los recuerdo con ojos asustados, nerviosos, hasta con cierto aire inocente. Los mayores, cínicos y líderes. Organizaban y calculaban movimientos.
Entraron hasta los rincones donde nadie fuera de nuestro círculo había entrado.
Tocaron. Revolvieron. Despedazaron. Usaron. Arrojaron. Empacaron. Se llevaron.
A punta de pistola con un tamaño redimensionado en mi memoria, se metieron hasta las entrañas de mi tranquilidad. La rompieron.
Mi madre rezaba en silencio. Mi padre negociaba desesperado. Yo sólo pensaba en una cosa.
Unos iban, subían, bajaban, gritaban, se reían. Otros nos vigilaban gatillo en dedo. Mi madre seguía rezando no sé qué. Mi padre, en otra habitación, se defendía y preguntaba por nosotras. Podía imaginar sus negros ojos desorbitados y suplicantes.
Y seguía pensando en una sola cosa.
Quisieron llevarnos a no sé dónde y los reté. Les grité. Los miré a los ojos. No les tuve un ápice de miedo. Yo, que me asusto con la oscuridad, les peleé. Los despreciaba. Los odiaba. Nunca había odiado a nadie.
De repente, me escucharon y se fueron.
Y dejé de gritar en silencio “no nos maten. Si mi hermano llega y nos encuentra así, se va a morir. No quiero que mi hermano se muera de pena”.
Y caí en la cuenta del valor de mi vida y desde entonces la defiendo con la rabia que parece no caber en este menudo cuerpo. Porque al defenderla, defiendo a los que quiero.
Esos bastardos lo descubrieron. Sólo por eso, valió la pena esa eterna medianoche.
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